“No hay nada más amenazante que algo extraño en lo familiar.” Samanta Schweblin
En los últimos años, las autoras argentinas fueron protagonistas de un cambio de paradigma en la narrativa de terror actual. El horror literario se alejó de los castillos medievales, de las noches de luna llena o de los científicos perversos para infiltrarse en los espacios en que el terror no debería estar simplemente porque los consideramos seguros. El miedo se esconde en el hogar, en la mesa familiar, en la siesta de un pueblo o en la rutina del barrio.
Esta transformación convirtió a las escritoras locales en las nuevas arquitectas de un fenómeno que redefinió el universo literario de terror. Las cosas que nos asustan no están afuera, sino que son un espejo de la realidad que nos acecha todos los días. Autoras como Mariana Enriquez, Agustina Bazterrica o Dolores Reyes mudaron el eje para demostrar que, en pleno siglo XXI, el monstruo viste de civil y se esconde a la vuelta de la esquina.
Geografías del espanto: la demolición de la mansión embrujada
El terror de Lovecraft, Poe y algunas obras de Stephen King nos acostumbró a asociar el miedo con la distancia geográfica y lo sobrenatural. Crecimos leyendo sobre caserones victorianos o bosques azotados por la neblina en pueblos perdidos, escenarios que funcionaban como un decorado lejano y ajeno. Sin embargo, las escritoras argentinas demolieron esa convención, el terror está acá y está entre nosotros.
En esta reformulación, la arquitectura del miedo empieza a cargarse de marcas históricas, violencia doméstica y memorias sociales. “La literatura de terror tiene la potencia de poner de relieve problemáticas sociales como los crímenes, el patriarcado o la pobreza”. Al cruzar la geografía local con la ficción, las autoras demuestran que lo espeluznante está conectado con lo real y que puede ser igual de “voraz y desdichado” que cualquier monstruo.
El género que en un principio fue un consumo de nicho, se convirtió en un fenómeno de masas que agota ediciones y llena teatros. La razón es simple: el público actual busca una experiencia de lectura mucho más visceral. El terror ya no se consume como una fantasía a lo lejos, sino como una herramienta cultural para procesar traumas colectivos. ”Problematizar el mundo social es una marca en la literatura de terror argentina”.
El cuerpo como territorio de la violencia
El terror contemporáneo concentra su fuerza en la vulnerabilidad de la carne, un giro impulsado por mujeres que escriben desde la experiencia del cuerpo femenino. El peligro proviene de las formas en que el entorno las violenta, las controla y las descarta. La agresión física y la pérdida de la autonomía corporal reemplazan a lo sobrenatural. “Al fin y al cabo, desde que el mundo es mundo, nos comemos los unos a los unos. Si no es de manera literal, el proceso es más sutil, pero igual de implacable.”
La ficción siempre ha tomado elementos de la realidad para nutrirse y contar sus historias, pero ahora, en lugar de convertirlo en fantasía, esas historias muestran los abusos cotidianos, los femicidios y las presiones del mandato social tal cual suceden. La crueldad sobre los cuerpos femeninos es el reflejo de un engranaje patriarcal y social que todavía está latente. El sufrimiento de los personajes es un canalizador de violencias reales y preexistentes.
El miedo se impregna en la piel del público porque lo escrito en cientos de páginas de papel resuena directo con los peligros a los que las mujeres están expuestas a diario en la realidad. La literatura actual desarma esa sutileza y expone la brutalidad de un sistema que está superpoblado de vivencias terroríficas, como dijo Mariana Enriquez, “cuando empecé a escribir, la influencia de las películas de terror era super fuerte, no tanto de sacar ideas, porque eso lo sacábamos de la realidad”.
Desarmar la tradición: ¿cómo se narra el nuevo terror?
Esta generación de escritoras, además de redefinir el terror, también dinamitó las formas tradicionales de narrarlo. Autoras como Samanta Schweblin y Mariana Enriquez abandonaron los climas góticos para construir un estilo seco, directo y perturbador, cruzando el género con la frialdad de la crónica policial o el realismo sucio. Esta nueva combinación hizo que el horror se sienta inmediato, despojándolo de cualquier vicio fantástico que le permita al lector tomar distancia de la historia.
Esta renovación estética dialoga con lo que propone la historia literaria de la región como los quiebres de Julio Cortázar, los laberintos de Jorge Luis Borges y la crudeza de Horacio Quiroga. Agustina Bazterrica o Michel Nieva retoman la tradición del fantástico rioplatense y la reformulan a través de la sátira o la ciencia ficción gauchesca, demostrando que en las contradicciones y grietas de nuestra propia identidad cultural radica el verdadero miedo.
El fenómeno editorial demuestra que el público actual ya no quiere copias del terror anglosajón. El uso de un léxico autóctono que refleja las raíces de la historia es justamente lo que atrae a los lectores. La fuerza del género está en hacer más palpable al terror por medio de un dialecto y de situaciones que conocemos porque son parte inherente de nuestra realidad.
El espejo deformante de lo real
Lo que alguna vez fue un género de nicho, desprestigiado por las elites, hoy se consolida como un fenómeno que demuestra que el terror puede ser el único lenguaje capaz de expresar con exactitud el peso de nuestras crisis. Al mudar el espanto hacia las calles, las experiencias corporales y el dialecto propio, estas narrativas exponen los daños que la sociedad intenta naturalizar, desarmando los discursos oficiales.
“El miedo tiene una gran ventaja, y es que funciona como una linterna: te muestra exactamente dónde está el peligro, dónde está lo que te asusta”. En esa búsqueda tan incómoda como necesaria, las escritoras argentinas que marcan esta época ya no inventan monstruos de fantasía; simplemente encienden la luz sobre los espantos reales que habitan nuestra sociedad, pero que muchos eligen no ver.

Paula Cabrera
Periodista deportiva y licenciada en Comunicación. Redactora creativa y SEO
Amante de la literatura y la escritura desde chica, hace diez años la convertí en mi profesión. Creo contenido para redes sociales y sitios web. En 2023, publiqué mi primer libro, Palabreríos, un compilado de pensamientos y sentimientos personales. Formo parte de este proyecto como redactora, dándole vida a los libros que transforman y acompañan cada uno de mis momentos.

