Estamos acostumbrados a que la ficción haga el trabajo difícil por nosotros. Leemos esperando que el narrador nos cuente todo lo que va sucediendo a través de metáforas elaboradas y nos acomode la realidad para que el relato fluya sin muchos sobresaltos. Solemos avanzar por historias donde el lenguaje está diseñado para nuestra comodidad y, sobre todo, para nuestro disfrute.
Pero hay obras que vienen a romper ese molde; El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon (2003), nos plantea desde el comienzo algo diferente: el narrador es Christopher, un adolescente dentro del espectro autista y la novela está escrita como si fuera él quien escribe.

