«Solo que ya no tengo suerte. ¿Pero quién sabe? Quizás hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero prefiero ser preciso. Así, cuando la suerte llegue, estarás preparado.» — Ernest Hemingway, El viejo y el mar
Cuando uno habla de El viejo y el mar, normalmente y en pocas palabras, resume al libro como un ejemplo de perseverancia ciega, una historia que narra la odisea de Santiago y cómo su obsesión por volver a pescar finalmente le brindan el premio tan esperado, una metáfora muy clara sobre cómo todo sacrificio encuentra, tarde o temprano, su justa recompensa.
Sin embargo, la novela de Ernest Hemingway es bastante más compleja e incómoda. Santiago no vuelve al puerto aclamado por la multitud ni cargando un trofeo que le quitará el pseudónimo de “salao”. Vuelve de madrugada, exhausto y con las manos lastimadas, arrastrando el esqueleto de un pez devorado por los tiburones en altamar.
Ese desenlace rompe con la versión contemporánea del éxito que instala la idea de que el resultado es el único que justifica el esfuerzo. Frente a un presente obsesionado con exhibir ganancias tangibles y valiosas, Hemingway plantea una pregunta que inclina la balanza: ¿un esfuerzo que no se convierte en recompensa material carece realmente de valor?
El mar como escenario: la precisión frente a la suerte
Santiago no es un pescador improvisado, es un profesional que conoce la lógica del océano, lee los vientos y calcula la profundidad de sus líneas con una exactitud casi quirúrgica. Dentro de su forma de vivir, la suerte es un factor impredecible, pero la precisión técnica es una responsabilidad propia que le pertenece por completo.
Aun así, la impecable ejecución de su oficio no lo vuelve inmune a la tragedia. Luego de soportar un desgaste físico extremo y capturar al pez espada más grande de su vida, la naturaleza interviene y pone en su camino a varios tiburones hambrientos. El viejo pelea y defiende al pez como si se tratara de su propia vida, pero el mar desconoce su esfuerzo y contraataca cada batalla.
Es en ese punto donde Hemingway expone una narrativa diferente al mostrar que el éxito es subjetivo y que no radica 100% en los resultados. Como el viejo, podés hacer técnicamente todo bien, entregar hasta la última gota de tu energía y, aun así, ver cómo circunstancias externas te arrebatan el objetivo por el que tanto luchaste.
El código del héroe: la diferencia entre ganar y triunfar
El concepto de victoria que presenta Hemingway en El viejo y el mar es el corazón de la novela. La verdadera prueba de Santiago no está en el puerto ni frente a los ojos de los demás pescadores, sino en la intimidad del océano, en cómo sostiene la línea con las manos ensangrentadas, en el respeto a su rival que le presenta una batalla digna hasta el final y, sobre todo, en la autodeterminación y la persistencia con el entorno y con él mismo.
“Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”, es una de las frases transversales de la historia. Los tiburones logran devorar casi completamente al pez y arrebatar la vanagloria del viejo ante su pueblo, pero no logran pulverizarlo anímicamente. El pescador encuentra su victoria en haber completado una travesía que, por un momento, pareció imposible.
Cuando llega a la orilla, los turistas y curiosos solo ven un esqueleto gigante atado a la embarcación; el joven Manolín, quizás la única opinión que podía importarle al viejo, comprende que su mentor acaba de ejecutar una obra maestra. El éxito desde el que todos miden el viaje del pescador no tiene nada que ver con la sensación de triunfo personal que experimenta el protagonista y que queda clara al final del libro.
“Ya no soñaba con tormentas, ni con mujeres, ni con grandes acontecimientos, ni con peces gigantes, ni con peleas, ni con pruebas de fuerza, ni con su esposa. Ahora solo soñaba con lugares y con los leones en la playa. Jugaban como gatitos al anochecer y él los amaba como amaba al niño”.
El esfuerzo en la época del resultado
Vivimos en un mundo resultadista, lo vemos todos los días, todo el tiempo; si el camino que tomamos no desemboca en un triunfo, no sirve, es un fracaso. La versión contemporánea de la productividad exige métricas, reconocimiento social o ganancias palpables para que cualquier proyecto en el que nos embarquemos sea válido; si no, habremos perdido el tiempo.
Es ahí donde la novela de Hemingway da una vuelta de tuerca. El viejo y el mar nos invita a mirar con otros ojos esa visión limitada del objetivo visible como único logro. Hay procesos que tienen un valor intrínseco, inaccesible para la mirada ajena, y donde la verdadera dimensión depende del valor que nosotros mismos le damos al proceso. ¿Importa solamente llegar a tierra con el pescado o cómo elegimos sostener la caña de pescar hasta el final?
Perder y derrotar no tienen por qué ser sinónimos
Santiago regresa a su casa sin un centavo en el bolsillo y sabiendo que al día siguiente la comunidad lo seguirá mirando como el viejo desafortunado que vuelve con las manos vacías. Sin embargo, algo en él ha cambiado para siempre; la aventura en altamar le devolvió la certeza de su propia fuerza y el respeto y pasión que siente por su oficio.
El universo literario de Hemingway siempre busca enseñarnos algo que está un poquito más allá de lo evidente. El viejo y el mar es un relato que nos habla de cómo sobrevivir a un mundo que juzga a las personas únicamente por el éxito en lo que se propone, aunque existe otra cara de la moneda que puede ser casi igual de importante.
Los tiburones siempre van a estar esperando en altamar, nunca podremos librarnos de ellos, pero hay una decisión que no depende de nadie más y que nadie puede arrebatarnos, conservar la dignidad en la derrota y hacer de ella un proceso de aprendizaje y reconocimiento propio sigue siendo, afortunadamente, nuestra.
“Mi decisión fue ir a buscarlo, más allá de toda la gente en el mundo”.

Paula Cabrera
Periodista deportiva y licenciada en Comunicación. Redactora creativa y SEO
Amante de la literatura y la escritura desde chica, hace diez años la convertí en mi profesión. Creo contenido para redes sociales y sitios web. En 2023, publiqué mi primer libro, Palabreríos, un compilado de pensamientos y sentimientos personales. Formo parte de este proyecto como redactora, dándole vida a los libros que transforman y acompañan cada uno de mis momentos.

