Durante años, la literatura infantil funcionó como un invernadero artificial, una burbuja higiénica diseñada por adultos para aislar a los niños de las complejidades de la vida real donde el conflicto, normalmente, se resolvía en función de la obediencia. No se buscaba formar lectores críticos, sino lectores sumisos y disciplinados.
Las historias estaban lejos de conmover o despertar dudas; eran en su esencia una especie de envase para transmitir moralejas predecibles y respuestas masticadas sobre cómo funcionaba el mundo, clausurando cualquier posibilidad de debate o interpretación.

