Durante mucho tiempo existió la idea de que Ernest Hemingway escribía “fácil” y de que su obra era el resultado de usar oraciones cortas, adjetivos casi invisibles y un lenguaje directo, como si no tuviera tantas ganas de escribir y quisiera terminar rápido. Su genialidad, reconocida con los años, al principio fue considerada una escritura “amarreta”.
Pero muy lejos estaba este concepto de lo que realmente pensaba Hemingway; el verdadero secreto de su literatura era una confianza ciega en la inteligencia de sus lectores. El silencio era un puente de comunicación y cada palabra que decidía tachar era una invitación a que el lector sacara sus propias conclusiones.















